domingo, 7 de diciembre de 2014

Felicidades, Dorita

Hoy siete de diciembre hubiera sido el cumpleaños de Dorita, mi madre. ¡Muchísimas felicidades! A pesar del tiempo que ya hace que se fue y de cómo se fue, la llevo siempre conmigo. De hecho, de un modo u otro está ahí, protegiéndome, aconsejándome, queriéndome... Al menos, así lo siento yo.
Aun cuando con motivo de algún Día de la Madre ya dejé otra entrada similar, recojo un breve párrafo escrito sobre ella y que plasmé en mi libro "El azul marino", dedicado a mis padres por igual.

Aun a riesgo de parecer retórico, no encuentro calificativos para describir a una persona tan extraordinaria, tierna, buena, cariñosa, humilde, dulce, generosa, sufrida, sincera, entrañable… como Dorita, mi madre. Porque además de darnos todo y ser el eje de la familia, no hubo un solo momento que no estuviera ahí, pendiente de sus retoños, derrochando sentimientos y alegrías sin mayor interés que el nuestro.
Ella decía que a pesar del tifus de los cuarenta, su infancia fue feliz. Tenía la costumbre, diabólica costumbre en una criatura, de chuparse el pulgar de su mano derecha. Alarmados por ello, el maestro y el boticario decidieron solucionarlo según los cánones del momento. Cada vez que entraba en la escuela le colgaban dos tablillas a modo de peto en las que podía leerse: “Teodora, la chupona”.
En cualquier otro caso hubiera sido motivo de burla por el resto de la chiquillería. Pero aquella niña era tan especial que todos guardaron sus mofas para cuando el travieso de Carlitos se hiciese pis en la cama.

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